El
dolor por definición es una experiencia sensorial y emocional (por tanto,
subjetiva), generalmente desagradable que pueden experimentar todos aquellos
seres vivos que disponen de un sistema nervioso central. Su función es señalar
al sistema nervioso que una zona del organismo está expuesta a una situación
que puede provocar una lesión. (wikipedia)
A
nivel fisiológico, cuando se produce una lesión o traumatismo sobre un tejido
por estímulos mecánicos, térmicos o químicos se produce daño celular. Esto desencadena
una serie de sucesos que producen liberación de varias sustancias entre ellas
serotonina, histamina y sustancia P. Estas
dos últimas son las que generan el edema (inflamación) y rojez de la zona
afectada. La serotonina junto con las encefalinas (opiáceos naturales) son las
que intervienen en el asta posterior de la médula espinal tratando de inhibir
el dolor. La señal de dolor es transmitida por los nociceptores (receptores del
dolor) a través del sistema nervioso, por las diferentes vias espinales del
dolor llegando o no a la corteza cerebral, implicado así una respuesta a ese
estímulo doloroso.
Pero
dejando de lado las definiciones científicas se trata de un fenómeno subjetivo
y multidimensional. Los síntomas que se describen al sentir dolor están
inducidos por interacciones complejas de factores biológicos, fisiológicos,
psicológicos y sociales.
La percepción y la
experiencia de dolor están compuestas por tres dimensiones básicas:
· Sensorial-discriminativa: transmite la intensidad y características del
estimulo nociceptivo. Depende del umbral de dolor de cada uno y de la
valoración de la intensidad del estimulo y en ello interviene sobre todo la
atención y la percepción.
· Motivacional-afectiva: hace que caractericemos el dolor como tolerable o
como aversivo. Está relacionada con el estado de ánimo, labilidad emocional…. Y
es la responsable de las respuestas de miedo, ansiedad, angustia, excitación,
depresión…, que motivan en gran medida las estrategias de afrontamiento que
adoptamos frente al dolor.
· Cognitivo-evaluativa: integra y procesa la información anterior para
emitir una conducta frente al dolor. En esto intervienen, entre otras, las
variables psicosociales como situación familiar, económica, valores
socio-culturales, experiencias pasadas….
Sentir
o interpretar un indicador de dolor ya
vivido, puede provocar una cadena de pensamientos (muchos de ellos obsesivos)
que realmente desemboquen en dicho dolor. Asimismo, puede suceder lo contrario,
la ausencia de información sobre nuestro dolor y su incertidumbre, generan
ansiedad y pérdida de control, lo que incrementa dicho dolor.
Para
afrontar el dolor usamos estrategias activas y/o pasivas. Las estrategias
activas se dirigen directamente al control del dolor o a seguir funcionando a
pesar de él. Por el contrario, las estrategias pasivas hacen que el dolor
deteriore otras áreas de la vida y que se ceda a otros el control del dolor.
Determinadas estrategias de afrontamiento, como el pensamiento catastrofista o
la delegación de la responsabilidad del dolor a otros (estrategias pasivas),
incrementan la percepción subjetiva de dolor, en tanto que estrategias de
afrontamiento dirigidas a la supresión de emociones negativas derivadas del
dolor (estrategia activa) tienden a disminuir el mismo.
También
las expectativas sobre el dolor y la motivación personal para mantener un
tratamiento o seguir los consejos de un especialista pueden modificar el nivel
de dolor.
Existe
una importante relación entre la experiencia de dolor y la ansiedad. La ansiedad
facilita un aumento de la tensión y, por tanto, de la intensidad del dolor.
Además, aunque el dolor se mantenga constante, el aumento de la ansiedad hace que
parezca que incrementa el dolor. Incluso puede llegar a haber somatizaciones,
de forma que el dolor físico pueda estar causado por esa ansiedad y el estrés.
No sólo las muecas en
nuestra cara reflejan nuestro estado emocional. Nuestra postura y la forma en
que nos movemos para realizar actividades cotidianas también nos informan de
cómo somos o estamos. En el cerebro se alberga una zona donde se percibe el
esquema corporal y la situación espacial que interactúa con las emociones y
pensamientos. Las personas con pensamiento depresivo suelen tener una retracción de hombros y columna dorsal,
por otro lado, las personas agresivas mantienen una postura anteriorizada con
el cuello hacia atrás y las que están afligidas se encorvan y bajan la cabeza.
Detrás de la sensación y percepción del dolor se
pueden esconder problemas de personalidad, emocionales, sociales… En ocasiones,
basta con que el paciente los exprese y empiece a ser consciente de ellos para
dar un giro a su vida.
Pero, al igual que
las variables psicológicas pueden incrementar o mantener la sensación dolorosa,
también pueden atenuarla por eso es importante adoptar una actitud positiva, un
buen estado anímico, satisfacción, alegría…
SONRÍA POR FAVOR!!


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